El show está por acabarse.
Los actores, ya cansados y decrépitos
salen ante el cortinaje
en busca de un último aplauso
una última reacción,
una última confirmación
de que existen
de que los escuchan
del dominio que durante tantas horas tenían
sobre un público cautivo.

El General reventado
pasa por las calles descompuesto,
en forma gaseosa,
en el vientre del guanaco,
en miles y miles de moretones
hematomas
y lágrimas artificiales,
buscando en vano
lo que antes fue,

Mientras sus amos
se quedan sentados en sus casas,
mirando de reojo a sus nanas
y consumiendo la producción
de sus propias fábricas de mentiras,
mientras googlean la temperatura actual
de Miami,
verificando si en su bolsillo,
todavía encuentran la moneda que forjaron.
¿Es este el país que nos devolviste, mi general?
¿Para esto tus diecisiete años de sangre y terror?

Pero ya no es el público del estreno
el que ahora llena la sala,
No es el que, cautivo, escuchaba,
No es el que pagó la entrada,
Ni el que todo lo aceptaba;
No es el público pacificado
que se conformaba con migajas,
sino uno nuevo, renacido con llamas en el pecho
que reclama y se alza, que conoce su derecho,
que al viejo gaseoso responde
con el grito, con las marchas, con las piedras, con el canto,
en las barricadas, en las calles, con una voz que le da espanto
a todos los actores de este viejo show hediondo,
proclamando de una vez por todas: ¡Me levanto!